
El último trabajo de Nacho Vegas me enamora desde la primera vez que lo escucho. El ritmo pausado, las canciones más lentas, la melodia de la voz, las sublimes letras de las que nadie podrá decir esta vez que “no se entienden porque les puede la música”… esa especie de indolencia paradójica que lo domina por completo reconforta y acompaña cuando alrededor todo o todos parecen no entender.
No sé hacer críticas de discos, o nunca lo he intentado. No pienso compararlo con los anteriores, elaborar una lista enciclopédica de la trayectoria de Nacho ni nada parecido. Creo que, a estas alturas, todos sabemos de qué va Nacho, y precisamente por eso algunos lo amamos y otros lo odian. Sin embargo, me he propuesto hablar de esta preciosísima joya musical y voy a intentarlo.
El tono de confesión que atraviesa cada una de las letras se nos avisa cuando, en la primera frase de la primera canción (Cuando te canses de mí), escuchamos “te diré, entre tú y yo, que me dan miedo las tormentas… “, y así nos enfrentamos a un disco en que se disecciona el desamor con belleza dolorosa y con una voz que se nos mete hasta en la sangre. Ojo, puede que no estés pasando ahora por el siempre desagradable mal trago de la ruptura, pero quedas avisado desde aquí: activará los resortes del desamor. Si has amado, esta colección de canciones te hará recordar el dolor del fin. Si no has amado, puede que no entiendas nada, pero al menos habrás conseguido que alguien te explique con minuciosidad qué es lo que se siente cuando, contra todo pronóstico, todo termina.
Sin embargo, empezaba diciendo que el disco afloja, relaja, te acompasa la respiración, te lleva hasta una suerte de estado indolente. Y es que hay desamores y desamores. Y hay formas de hacerlo cachitos para superarlo: en unas ocasiones quedan restos que van directos al contenedor; en otras, salen obras de arte. Poemas. El Nacho que renunció a ejercer de filólogo siempre ha estado tan cerca de la literatura que los que conocemos eso de la filología lo miramos perplejos y palidecemos ante la evidencia de que ahí está la poesía, mucho más viva que en gran parte de los libros que tuvimos que engullir en nuestras aventuras y desventuras universitarias.
Creo que si el disco relaja es precisamente porque, además de convertir lo triste en algo exageradamente bello y de conseguir una empatía inmediata por parte del oyente, sabe mezclar el dolor con frescor. El dolor con vida. Las lágrimas con luz del sol. La voz que se lamenta con los coros infantiles (como en Taberneros, en Perplejidad o en Lo que comen las brujas). El principio con el fin (Incendios frente a Taberneros). Nada de todo esto es nuevo en Vegas, que parece vivir en la antítesis, pero por alguna extraña razón aquí se siente más, o se siente mejor…
… y con esto justifico mi decisión bastante osada de escribir al mismo tiempo una reseña del disco y una crónica del concierto que Nacho dio el 31 de marzo en la sala Mirror de Valencia.
Ha pasado prácticamente una semana desde el día del concierto y todavía no había sido capaz de escribir una sola línea. Fui sola al concierto, es difícil convencer a la gente, escuchas demasiadas veces que “Nacho Vegas es muy triste, yo paso”, y al final la que pasas eres tú. Y, sin embargo, todos deberíamos ir solos a los conciertos de Vegas. Porque es una experiencia de introspección que en soledad tiene más sabor.
Salí del concierto, contra todo pronóstico, mucho más feliz de lo que entré. Y percibí varias cosas que simplemente escuchando el disco en casa no habría sabido sentir. Pero todo estaba enmarañado. Ayer, por fin, encontré la clave. Mi pregunta principal era qué había cambiado en Nacho para que ese día nos ofreciera tan magnífica actuación, por qué también cuando repasaba canciones antiguas (como Hablando de Marlén, El hombre que casi conoció a Michi Panero o Canción de palacio #7) había algo distinto, algo más, en él, en su voz. Esto era lo que no sabía explicar, qué era lo que había alcanzado Nacho que resultaba tan mágico y tan irresistible, tan catártico y tan magnético, tan apacible y tan comprensible/comprensivo. Cuando lo disfruté en directo por primera vez, hace seis años, faltaba una brizna de algo mágico que ahora sí que estaba. Ayer, después de darle muchas vueltas, lo tuve claro. Había algo, efectivamente, en su voz. Al coger una pera del frutero y deslizar suavemente el dedo para elegir la que estuviera en el mejor punto de maduración noté cómo se rasgaba la piel por el roce con la yema del dedo, sin siquiera presionar. Y entonces lo tuve claro. La voz de Nacho ahora se rompe con la dulzura delicada de la piel la fruta que está perfectamente madurada, la que escoges entre muchas otras para llevarte a la boca. Si me estremecía cada vez que, en Taberneros, lanzaba el grito roto del “dime, ¿pensarás solamente un poco en mí cuando mires el Mondúber?” era porque era perfectamente redondo, suave, dulce, y por eso mismo puede que también doloroso. Pero tan sabroso que no lo puedes resistir. Tan cercano a la perfección que respiras hondo al saber que algo así existe. La voz es, al fin, perfecta. Es ahora cuando hay que “comérsela”.
Sin embargo, todavía hubo algo más que en el directo, acompañado Nacho por su magnífica banda y a pesar del acople del sonido que (esta vez la Mirror falló) nos atormentaba a todos un poco, descubrí, en concreto sobre el disco nuevo. Cuando se acercaba el final y las canciones ya estaban completamente instaladas en la sangre de los que las escuchábamos con atención y hasta con devoción, pude notar que, en todas las canciones nuevas, la música había tenido una constante: por debajo de la melodía, el ritmo se hacía exageradamente potente y marcaba a la perfección el compás de unos latidos, retumbando en el pecho y en la cabeza, vehementes. Tal vez porque, después de todo, el desamor es una de las formas de estar más vivo que existe, y porque este disco no quiere matar ni morir de tristeza, más bien quiere vivir el desamor. Y, si quedaba alguna duda tras la escucha calmada en casa, el directo te saca de dudas. Hay que vivirlo. Y para ello merece la pena ir a todos los directos de Vegas que nos caigan cerca, ahora que acaba de empezar la gira.
Me pregunto qué se sentirá cantando todas las noches al fantasma de la ruptura, a la ausencia y a la carencia. Pero eso solamente podrá responderlo Nacho. Como espectadora, sería magnífico escucharlo a diario, zambullirse en ese directo que reanima tu corazón, y ver que después del amor, como bien refleja el vídeo de La gran broma final, quedan retales, trozos inconexos… esos en los que podemos elegir ver los escombros de un derribo pero que también podemos convertir, poesía mediante, en confeti de colores vivos al amparo del cual podremos llorar y disfrutar el dolor sintiéndonos a salvo de la mezquindad. Porque Vegas calma los estados emocionales despertándolos, pero nunca silenciándolos.
La zona sucia ha sido editado por el sello independiente Marxophone (http://www.myspace.com/marxophone).
Las próximas fechas confirmadas de la gira son
